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CUANDO UN PRESIDENTE DEFIENDE EL BOLSILLO DEL PUEBLO

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“El verdadero liderazgo no se mide por cuánto dinero toma prestado un gobierno, sino por cuánto alivio devuelve a la gente que trabaja.”

Hay momentos en que una nación descubre la diferencia entre un presidente que administra el poder y un presidente que entiende el sufrimiento diario de su pueblo.

El precio de la gasolina no es solo una cifra en una estación de combustible. Es el costo de llevar los niños a la escuela, de ir al trabajo, de mover mercancías, de sostener un pequeño negocio, de sobrevivir una semana más en una economía donde cada peso cuenta.

Por eso llama la atención el mensaje directo del presidente Donald J. Trump a los vendedores minoristas de gasolina en Estados Unidos: pidió bajar los precios “inmediatamente”, argumentando que el petróleo rondaba los 68 dólares por barril y que el pueblo estadounidense no debía seguir pagando precios excesivos. También señaló que la meta debía acercarse a los 2.50 dólares por galón y criticó los altos impuestos sobre la gasolina en California.

Más allá de simpatías políticas, el mensaje deja una pregunta inevitable para otros países: ¿dónde están los presidentes cuando el combustible sube, cuando la comida se encarece y cuando la vida cotidiana se vuelve una carga insoportable?

En República Dominicana, el combustible sigue siendo una de las grandes presiones del bolsillo familiar. El Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes mantuvo recientemente la gasolina premium en RD$335.10 por galón y la regular en RD$307.50 por galón. Y datos internacionales colocaban el precio dominicano de la gasolina, al 22 de junio de 2026, en aproximadamente US$1.54 por litro, por encima del promedio mundial de US$1.36 por litro.

Ese número no vive en una tabla. Vive en el chofer público que calcula si el día le alcanzará. Vive en el padre que llena medio tanque porque no puede llenar el tanque completo. Vive en la madre que ve cómo el precio del transporte termina reflejándose en el arroz, el pollo, los vegetales, la renta y la escuela.

Mientras tanto, demasiados gobiernos se han acostumbrado a gobernar con préstamos. Toman deuda para cubrir déficits, refinancian compromisos, pagan deuda con más deuda y presentan la estabilidad como si fuera progreso. La Dirección General de Crédito Público informó que, al 31 de mayo de 2026, la deuda del sector público no financiero dominicano totalizaba US$67,995.5 millones, equivalente al 48.3% del PIB estimado. Para 2026, el servicio de deuda fue estimado en US$7,001.9 millones, incluyendo amortizaciones, intereses y comisiones.

Y ahí nace la gran contradicción: un país no puede pedir sacrificios eternos al pueblo mientras protege estructuras que no sienten el peso de ese sacrificio.

Un presidente que ama su nación no solo inaugura obras, no solo pronuncia discursos, no solo viaja con delegaciones y no solo administra estadísticas. Un presidente que ama su nación mira el precio del galón, escucha el ruido de las bombas de gasolina, entiende el silencio del trabajador que no se queja porque no tiene tiempo, y toma medidas.

Medidas reales.

No comunicados vacíos.
No promesas recicladas.
No deuda nueva para tapar deuda vieja.
No un Estado que cobra, congela, regula y observa mientras el ciudadano se hunde.

La política energética no puede ser una excusa técnica reservada para economistas. Es una cuestión moral. Porque cada centavo agregado al combustible termina multiplicándose en la vida del pueblo.

Si en Estados Unidos un presidente puede llamar públicamente a los minoristas a bajar los precios, también en República Dominicana el Gobierno debe explicar con claridad por qué el galón sigue tan alto, cuánto pesa el impuesto, cuánto pesa el margen de distribución, cuánto gana el Estado y qué parte puede reducirse para aliviar a la gente.

El pueblo no necesita discursos de compasión. Necesita decisiones.

Porque gobernar no es solo pedir prestado. Gobernar es proteger.
Gobernar no es solo administrar deudas. Gobernar es aliviar cargas.
Gobernar no es mirar el precio del combustible como una cifra fiscal. Gobernar es verlo como lo que realmente es: el pulso económico de una familia.

Y cuando un gobierno pierde la capacidad de sentir ese pulso, empieza a gobernar desde lejos.

La diferencia entre un presidente que ama su nación y uno que solo administra el poder está ahí: uno mira al pueblo como prioridad; el otro lo mira como fuente de ingresos.

La gasolina no debería ser una sentencia semanal contra los trabajadores.

Debería ser una prueba de liderazgo.

Y hoy, más que nunca, República Dominicana necesita que alguien mire el precio del galón y diga, con la misma firmeza: bajen el precio, porque el pueblo ya no aguanta más.

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