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DUARTE: LA PATRIA QUE SE NOS VA DE LAS MANOS

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“Trabajemos por y para la Patria, que es trabajar para nuestros hijos y para nosotros mismos.”

Hoy la República Dominicana conmemora el nacimiento de Juan Pablo Duarte, y lo hace envuelta en discursos, ofrendas florales y consignas que se repiten cada año con puntual solemnidad. Pero entre los actos y los aplausos hay una verdad incómoda que se evita: la memoria de Duarte no solo se honra poco, se humilla cuando se la reduce a un ritual vacío mientras el país se aleja de los principios que le dieron origen.

Duarte no fue una estampa para vitrinas ni una fecha para el calendario escolar. Fue pensamiento, riesgo, sacrificio y coherencia. Ideó la independencia como un proyecto moral antes que militar; entendió la República como un pacto de dignidad y ley, no como un botín. Por eso organizó, conspiró, escribió y, cuando hizo falta, aceptó el destierro. Fue expulsado por los mismos que se apropiaron del poder que él ayudó a crear. Murió lejos de su tierra, pero nunca lejos de la Patria.

Ese contraste el fundador exiliado y la República administrada por intereses debería incomodarnos hoy más que nunca. Porque mientras se pronuncia su nombre en actos oficiales, la soberanía se diluye en decisiones complacientes, la institucionalidad se erosiona con el saqueo sistemático de los bienes públicos y la ética republicana se degrada cuando el poder deja de servir y comienza a servirse. No es la migración en sí lo que hiere a la nación, sino la irresponsabilidad de un Estado que renuncia a gobernar con reglas claras, que mira a otro lado cuando la presión desborda los servicios, y que permite que el orden jurídico se vuelva selectivo.

Duarte pensó una República de ciudadanos, no de clientelas; de leyes firmes, no de excepciones convenientes; de instituciones respetadas, no de oficinas capturadas. La corrupción esa práctica cotidiana que roba hospitales, escuelas y seguridad es la negación más directa de su legado. Cada peso hurtado a los servicios públicos es un voto contra la idea de Patria que él defendió. Cada concesión que sacrifica el interés nacional en nombre del cálculo político es una traición silenciosa.

Recordarlo de verdad implica incomodarnos. Implica preguntarnos por qué el Estado tolera la impunidad, por qué se normaliza el deterioro de la autoridad y por qué la política ha aprendido a convivir con la desmemoria. Duarte fue el último de los Padres de la Patria en morir y el más longevo; quizá por eso su ejemplo nos alcanza todavía: perseveró cuando todo parecía perdido y pagó el precio de no negociar sus principios.

Honrarlo hoy no exige más estatuas ni más consignas, sino un compromiso concreto con la soberanía, la legalidad y el bien común. Exige que la migración se gestione con responsabilidad y humanidad, sí, pero también con firmeza institucional; que los recursos públicos se protejan como sagrados; que el poder vuelva a entenderse como servicio. De lo contrario, cada 26 de enero será una ceremonia hueca, y cada discurso, una coartada.

Duarte no fundó la República para que se alabara su nombre mientras se vaciaba su idea. La fundó para que la cuidáramos. Y la estamos fallando.

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