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GASPAR HERNÁNDEZ ENTRE EL LODO Y EL OLVIDO: CINCO DÍAS DESPUÉS DEL DESASTRE
“La verdadera tragedia no es el desastre natural, sino el abandono humano que le sigue.”
Gaspar Hernández sigue respirando entre el lodo. Cinco días después de que las lluvias desbordaran los ríos Joba y Yásica, el municipio no ha logrado levantarse del golpe, no solo por la fuerza del agua, sino por la ausencia de una respuesta contundente que devuelva dignidad a sus calles y esperanza a su gente.
En sectores como Beragua, El Caimán, Yásica, La Jaiba y el mismo corazón urbano incluida la calle del Sol el panorama es el mismo: sedimentos acumulados, viviendas abiertas al aire húmedo, y familias que, con las manos llenas de barro, intentan rescatar lo poco que les quedó. Colchones, muebles y recuerdos familiares reposan en las aceras como testigos silenciosos de una tragedia que aún no termina.
Silverio Polanco, uno de los afectados, no oculta su frustración. “Estamos solos y olvidados”, dice, con la voz cargada de impotencia. Su denuncia no es aislada: residentes coinciden en que las brigadas han sido insuficientes y que la maquinaria pesada, necesaria para remover toneladas de lodo, simplemente no ha llegado en la magnitud que la crisis exige.
La indignación crece al mismo ritmo que el retraso. Aunque el Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos declaró la zona en emergencia, los habitantes sienten que esa declaración no se ha traducido en acciones concretas. Para muchos, la ayuda sigue siendo más una promesa que una realidad.
Ante la anunciada visita del presidente Luis Abinader, la comunidad ha elevado un llamado urgente: no más diagnósticos, no más recorridos simbólicos. Lo que se necesita y se necesita ya es intervención real. Equipos, personal, asistencia humanitaria y un plan claro de recuperación que permita a estas familias volver a empezar.
Mientras tanto, Gaspar Hernández permanece atrapado en un tiempo suspendido. Las calles siguen cubiertas de lodo, las casas marcadas por el agua y la desesperanza se filtra lentamente entre quienes, casi una semana después, continúan luchando por regresar a una normalidad que aún parece lejana.
Porque cuando el agua se retira, lo que queda no es solo el desastre… es la prueba de cuánto vale o cuánto se olvida la vida de un pueblo.