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INFRAESTRUCTURA OLVIDADA: EL CANAL QUE SE CONVIRTIÓ EN OBSTÁCULO DIARIO PARA LA EDUCACIÓN EN EL BOMBILLO

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“La injusticia en cualquier lugar es una amenaza a la justicia en todas partes.” Martin Luther King Jr.

En el corazón del sector Norte, frente a la escuela Aracelis Ramírez Brea, en el barrio El Bombillo, la rutina diaria de decenas de familias se ha transformado en una prueba constante de resistencia. No se trata de una crisis invisible ni de un problema nuevo. Es un escenario que se repite con la persistencia de lo ignorado: un canal de riego que, al desbordarse, bloquea el paso de estudiantes, padres y comunitarios que solo buscan llegar a su destino.

Cada mañana, el mismo cuadro. Niños con mochilas al hombro, uniformes impecables y sueños intactos, se ven obligados a detenerse frente a una corriente de agua sucia que invade el acceso a su escuela. Algunos intentan bordear el canal; otros, sin alternativa, se quitan los zapatos y cruzan con los pies sumergidos. Es una escena que duele, no solo por lo que representa, sino por lo que revela: la normalización del abandono.

Las denuncias no han faltado. La comunidad ha levantado su voz en múltiples ocasiones, buscando respuestas que hasta ahora han sido insuficientes. Brigadas llegan, abren zanjas para permitir el flujo momentáneo del agua, y por unos días parece que el problema cede. Pero el alivio es efímero. El canal vuelve a desbordarse, como si la solución aplicada fuera apenas un parche sobre una herida más profunda.

La ausencia de una intervención estructural por parte de las autoridades competentes la alcaldía y el Instituto Nacional de Aguas Potables y Alcantarillados (INAPA) ha convertido esta situación en un símbolo de desatención institucional. No es solo un canal. Es una barrera que limita el acceso a la educación, que expone a niños a riesgos sanitarios y que erosiona la confianza de una comunidad que espera algo más que respuestas temporales.

Lo que ocurre en El Bombillo no es un hecho aislado. Es el reflejo de una problemática más amplia: cuando las soluciones se improvisan y no se planifican, los problemas regresan con más fuerza. Y en este caso, quienes pagan el precio son los más vulnerables.

La pregunta ya no es si el problema existe. La pregunta es cuánto tiempo más deberá pasar para que se asuma con la seriedad que merece. Porque cada día que un niño tiene que cruzar ese canal desbordado para ir a la escuela, es un recordatorio de que hay urgencias que no pueden seguir esperando.

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