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LA ASOCIACIÓN DE ESPERANCEÑOS AUSENTES: ENTRE EL LEGADO Y EL RIESGO DE LA AUTOELIMINACIÓN
“Las instituciones mueren no cuando carecen de historia, sino cuando se niegan a renovarse.”
El pasado 27 de septiembre, durante la celebración organizada por la Asociación de Esperanceños Ausentes, una voz resonó con más fuerza que la música y los aplausos: la de doña Rosario Cepín, miembro del comité, quien lanzó un llamado urgente a la integración de nuevos miembros. Con tono firme y palabras cargadas de verdad, advirtió que, de no abrirse la participación, la asociación está destinada a desaparecer.
El mensaje, sin embargo, llega en un contexto donde el organismo que por más de cuatro décadas ha representado a la diáspora esperanceña, enfrenta uno de sus mayores desafíos: la percepción de haberse convertido en un círculo cerrado, inaccesible para jóvenes con talento y con deseos de aportar, especialmente aquellos que provienen de entornos humildes.
En cuarenta años de existencia, la Asociación ha repetido una y otra vez los mismos rostros al frente, perpetuando un ciclo de dirigencia que, lejos de fortalecer la organización, la ha distanciado de la mayoría de los esperanceños. El resultado es evidente: más del 80 % de la comunidad se mantiene al margen, observando las actividades pero sin querer involucrarse, convencida de que sus voces no serán escuchadas.
En ese escenario, la advertencia de doña Rosario Cepín adquiere un peso histórico. Su intervención no fue un simple discurso de cortesía, sino la proclamación de una verdad incómoda: sin apertura, inclusión y renovación, la Asociación se enfrenta a su ocaso.
Hoy, al responder públicamente al llamado de doña Rosario, escribí unas líneas en las redes de la Asociación. No pasó mucho tiempo antes de que una avalancha de reacciones, como un enjambre de fieras, buscara silenciar mi voz. Lo que escribí fue lo siguiente:
“Quiero felicitar a doña Rosario Cepín por su llamado, porque es un recordatorio necesario de que la Asociación de Esperanceños Ausentes no debe perderse. Sin embargo, también es importante reconocer con sinceridad que muchas veces la asociación marginó a personas valiosas y sobresalientes, cerrando la entrada a tiempo a quienes querían aportar, y eso la fue convirtiendo en un grupo muy reducido, casi una élite.
No importa si alguien es ‘hijo del destino’ o de una prostituta, si nació en la Yagüita, en el Rincón Caliente o en cualquier otro barrio: todos somos esperanceños y cada uno tiene algo que aportar. Precisamente por esa falta de apertura, hoy más del 80 % de la comunidad no quiere participar directamente, aunque sí observa con interés las actividades que se realizan.
Este es el momento de reflexionar y abrir las puertas, renovar el comité y dar espacio a todas las voces. De no hacerlo ahora, la asociación terminará autoeliminándose poco a poco. La grandeza de nuestra comunidad está en su diversidad y en la unión de todos, no en la exclusión.”*
La reacción violenta a estas palabras confirma, quizá más que cualquier análisis, la profundidad del problema: una institución que en vez de escuchar y dialogar, responde con hostilidad al disenso.
La advertencia está hecha. El destino de la Asociación de Esperanceños Ausentes dependerá de su capacidad de mirarse al espejo y decidir si quiere ser un recuerdo del pasado o un proyecto vivo para el futuro.
“La verdadera grandeza de un pueblo no está en quienes lo dirigen, sino en la fuerza colectiva de quienes lo integran.”