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LA NIÑEZ BAJO SOSPECHA

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“Cuando una sociedad deja de proteger la infancia, comienza a desconfiar de su propio futuro.”

En una calle tranquila del municipio de Esperanza, una cámara de seguridad capta a dos niños acercándose a un motor. Caminan con la torpeza natural de quien aún no ha aprendido a disimular la curiosidad. Miran, tocan, se alejan, regresan. La escena, tomada desde lo alto, no muestra armas, violencia ni rostros endurecidos por la maldad. Muestra algo mucho más antiguo y frágil: niños explorando.

Pero en las redes sociales, la historia cambia de piel. El video circula acompañado de un título que pesa como una condena: “Dos niños intentan robar un motor en el barrio Tito Cabrera.” No hay matices, no hay dudas, no hay preguntas. Solo una palabra que aplasta cualquier posibilidad de comprensión: ladrones.

La imagen tomada desde una cámara fija, lejana, sin sonido no cuenta toda la historia. Las cámaras no saben de intenciones. No distinguen entre juego, curiosidad o mala idea. Solo graban movimiento. Somos los adultos quienes ponemos las palabras. Y esas palabras pueden construir… o destruir.

Hubo un tiempo en que la niñez era territorio de travesuras. Si un motor llegaba al barrio, los muchachos lo montaban, daban una vuelta y lo devolvían riéndose, con el corazón lleno de adrenalina y juego. No eran criminales: eran niños buscando aventura en un mundo pequeño.

Hoy, esa misma escena sería un juicio público. Un video, un post, cientos de comentarios. “Delincuentes.” “Así empiezan.” “Después no se quejen.” Las redes sociales se han convertido en tribunales sin jueces, sin defensa y sin compasión.

Ya los niños no tienen permiso para ser curiosos.
Ya no tienen derecho a inventar, a equivocarse, a probar el mundo con torpeza.
Hoy, si un niño hace una travesura, no es un niño: es una amenaza.
No es juego: es delito.
No es infancia: es sospecha.

La publicación que circula desde Esperanza no solo muestra a dos niños. Muestra algo más profundo: una sociedad que ha perdido la paciencia con su propia niñez. Que prefiere exhibir antes que orientar. Que prefiere humillar antes que enseñar. Que convierte cámaras de seguridad en herramientas de escarnio público.

La empatía se está volviendo rara. Se nos hace fácil grabar, subir, señalar. Se nos hace difícil preguntar:
¿Y si estaban jugando?
¿Y si imitaban algo que vieron?
¿Y si solo querían entender cómo funcionaba?

Porque la infancia es eso: tocar lo que no se entiende, acercarse a lo que brilla, probar sin medir consecuencias.

Cuando una sociedad empieza a llamar “criminal” a un niño, no está protegiendo a nadie. Está sembrando miedo, vergüenza y rabia en corazones que apenas están aprendiendo a latir con el mundo.

Tal vez el verdadero peligro no esté en dos niños frente a un motor,
sino en adultos frente a una pantalla,
olvidando que alguna vez también fueron niños.

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