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REPÚBLICA DOMINICANA Y PUERTO RICO: EL CABLE SUBMARINO QUE PROMETE EXPORTAR ENERGÍA… Y LA DUDA QUE NADIE QUIERE EVITA

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“Las grandes decisiones no se miden solo por lo que anuncian, sino por lo que realmente pueden sostener.”

La administración del presidente Donald J. Trump concedió el permiso presidencial para el desarrollo de un cable eléctrico submarino que permitiría la interconexión de los sistemas energéticos de la República Dominicana y Puerto Rico. La iniciativa, presentada como un hito regional, abriría la posibilidad de que el país caribeño exporte electricidad hacia territorio estadounidense, según informó el presidente Luis Abinader durante un encuentro con la prensa en el Palacio Nacional.

El mandatario dominicano describió la aprobación de Washington como un paso estratégico para la cooperación energética en el Caribe, subrayando que la interconexión colocaría al país en una posición privilegiada dentro del mercado regional de generación y venta de energía. En el papel, el proyecto sugiere integración, modernización y una nueva fuente de ingresos para una economía que busca diversificar sus fortalezas.

Sin embargo, detrás del anuncio surge una pregunta incómoda que no ha sido respondida con claridad: ¿qué energía exportará la República Dominicana si, de forma recurrente, enfrenta déficits en su propio sistema eléctrico?

A lo largo de los últimos años, el país ha convivido con apagones, altos costos de generación, dependencia de combustibles fósiles importados y subsidios estatales que presionan las finanzas públicas. Aunque existen avances en energías renovables solar y eólica principalmente estos aún no garantizan excedentes sostenidos capaces de alimentar una exportación internacional sin comprometer el abastecimiento interno.

El proyecto del cable submarino, técnicamente ambicioso y geopolíticamente relevante, plantea así un dilema central: la visión de exportar energía choca con la realidad cotidiana de millones de ciudadanos que todavía reclaman un servicio estable, continuo y asequible. Exportar electricidad implica primero producir más de la que se consume, y hacerlo de manera confiable, limpia y competitiva.

En ese contexto, el permiso otorgado por Estados Unidos puede interpretarse como una oportunidad pero también como una advertencia de que la República Dominicana deberá resolver sus debilidades estructurales antes de aspirar a convertirse en proveedor energético regional. Sin una expansión real de la capacidad instalada, una modernización profunda de la red y una reducción efectiva de pérdidas, la promesa corre el riesgo de quedarse en el terreno del anuncio político.

La interconexión con Puerto Rico abre una puerta inédita en el Caribe. La pregunta que queda en el aire no es si el cable puede construirse, sino si el país está verdaderamente listo para sostener lo que ese cable promete transportar.

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