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UN ACCIDENTE AL AMANECER Y LA FRAGILIDAD DE LA VIDA COTIDIANA
“La vida no se mide por los momentos que respiramos, sino por aquellos que nos dejan sin aliento.” (Maya Angelou)
A las 7:11 de la mañana de hoy, cuando la ciudad apenas comenzaba a desperezarse y el tránsito avanzaba con la prisa habitual de los días laborables, el doctor Pedro Nicasio vivió un accidente de tránsito que, sin dejar heridas físicas, dejó una reflexión profunda sobre la vulnerabilidad humana y el valor de la fe.
Según relató el propio doctor en sus redes sociales, cada salida de casa es precedida por una oración. Una súplica sencilla y antigua: pedir protección para la vida propia, la de quienes lo acompañan y la de su familia. Esta mañana, esa plegaria cobró un significado especial. El accidente ocurrió de manera repentina, como suelen ocurrir los hechos que interrumpen la rutina y obligan a detenerse, a mirar alrededor, a agradecer.
No hubo lesiones personales. Ningún cuerpo herido, ningún traslado de urgencia, ninguna sirena marcando el ritmo del miedo. Solo daños materiales. Pero reducir el hecho a esa frase sería ignorar su peso emocional. En esos segundos posteriores al impacto, cuando el silencio reemplaza al ruido y la mente hace un rápido inventario de lo irremplazable, la vida se siente frágil y, al mismo tiempo, profundamente valiosa.

El testimonio del doctor Nicasio no fue triunfalista ni dramático. Fue humano. Habló de gratitud, de Dios, de la conciencia de que salir ileso no es una garantía diaria, sino una gracia. En un tiempo donde las noticias suelen medirse por la magnitud de la tragedia, este episodio recuerda otra forma de narrar: la de los hechos que no terminaron en desastre, pero que dejan una huella.
La mañana siguió su curso. El reloj avanzó más allá de las 7:11. Sin embargo, para quienes leen su mensaje, queda una pausa obligada: la certeza de que la vida puede cambiar en un instante y de que, a veces, el mayor milagro es simplemente poder seguir adelante.