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UN PAÍS QUE GRITA ENTRE CIFRAS Y SILENCIOS

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“Cuando la realidad duele, la propaganda intenta anestesiarla.”

SANTO DOMINGO.: En cada esquina del país, en cada colmado, en cada conversación cotidiana, se repite la misma frase con una mezcla de resignación y frustración: “no hay cuarto en la calle.” No es una consigna política ni una teoría económica; es el diagnóstico popular de una nación que, al cerrar cada jornada, hace cuentas… y no le dan.

El trabajador independiente que se levanta antes del amanecer, el empleado público que depende de un salario fijo, el contratista que vive de proyectos inciertos y el empleado privado que intenta sostener a su familia con ingresos limitados, todos coinciden en un punto: el dinero no alcanza.

Mientras tanto, en un escenario paralelo más técnico, más frío, más institucional se ejecutan decisiones que contrastan profundamente con esa realidad.

De acuerdo con documentos oficiales, entre el 17 y el 18 de marzo de 2026, la Dirección de Estrategia y Comunicación de la Presidencia (DIECOM) abrió cuatro procesos de excepción por carácter personalísimo. En cuestión de minutos apenas cinco, estos procesos fueron adjudicados a agencias publicitarias por un monto total de 1,504,000,000 pesos dominicanos.

La rapidez del procedimiento, así como la modalidad de excepción utilizada, plantea interrogantes inevitables en una sociedad donde cada peso cuenta.

Pero el dato más contundente no está solo en la inmediatez de la adjudicación, sino en la continuidad. Entre 2020 y 2025, estas mismas agencias habrían recibido contratos que suman aproximadamente 15 mil millones de pesos, en servicios vinculados a comunicación estratégica, posicionamiento institucional y promoción de la gestión gubernamental.

En términos técnicos, se trata de inversión en imagen. En términos humanos, la percepción es distinta.

Porque mientras se construyen narrativas de estabilidad y progreso, en los barrios la realidad se mide de otra forma: en el precio del arroz, en el costo del transporte, en la dificultad de completar una compra básica o en el clamor por algo tan elemental como un hoyo tapado con asfalto.

La brecha entre el discurso institucional y la experiencia ciudadana se ensancha.

El dilema no es nuevo, pero sí cada vez más evidente:
¿Puede una campaña de comunicación convencer a un país de que está bien cuando su gente siente lo contrario?

En la República Dominicana de hoy, la economía no solo se mide en cifras macroeconómicas o en informes oficiales. Se mide en la angustia silenciosa de quien recalcula sus ingresos al final del día, en la incertidumbre del mañana y en la percepción de que las prioridades no siempre coinciden con las necesidades.

Y es ahí, en ese punto exacto donde se cruzan la política, la economía y la vida cotidiana, donde nace el verdadero grito de un país que no busca discursos… sino respuestas.

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