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FUERTE OLA DE INCERTIDUMBRE EN EL PAÍS Y SURAMÉRICA POR EL PACTO MIGRATORIO CON EE.UU.
“Las naciones no solo se defienden con fronteras, sino también con la conciencia de su pueblo.”
La reciente firma del acuerdo migratorio entre el gobierno de Luis Abinader y los Estados Unidos ha provocado una intensa reacción política y social en distintos sectores de la República Dominicana y parte de Suramérica, donde crece el temor de que la región quede atrapada en una dinámica de dependencia estratégica bajo la influencia de Washington.
El pacto, que contempla mecanismos de tránsito e ingreso temporal de migrantes extranjeros bajo esquemas coordinados de control y cooperación, ha sido presentado por las autoridades como una medida orientada a reforzar la seguridad regional y enfrentar la crisis migratoria hemisférica. Sin embargo, para amplios segmentos de la sociedad, el acuerdo abre interrogantes profundas sobre soberanía, autonomía nacional y estabilidad institucional.
La tensión ha trascendido el territorio dominicano. En países como Panama, Costa Rica y Ecuador —integrantes junto a República Dominicana de la Alianza para el Desarrollo en Democracia— el debate comienza a adquirir dimensiones similares. En distintos sectores civiles y políticos emerge la percepción de que estas iniciativas podrían derivar en dolorosas concesiones sobre asuntos de integridad nacional y control territorial.
Mientras los gobiernos insisten en que aplicarán mecanismos de blindaje para evitar riesgos internos, las calles empiezan a reflejar un clima de ansiedad colectiva. Organizaciones sociales, analistas y voces independientes advierten que el tema ya dejó de ser exclusivamente migratorio para convertirse en un asunto profundamente político y geoestratégico.
En la República Dominicana, el patriotismo ha resurgido con fuerza en el discurso público. La discusión sobre el rol del país dentro de las políticas hemisféricas impulsadas por Estados Unidos ha provocado una ola de cuestionamientos sobre hasta dónde puede llegar la cooperación sin comprometer la autodeterminación nacional.
“¿Estamos frente a acuerdos de cooperación o ante nuevas formas de subordinación regional?” Esa es la pregunta que comienza a repetirse en medios, universidades y plataformas digitales.
La preocupación no se limita únicamente al manejo migratorio. Expertos en relaciones internacionales sostienen que el trasfondo del debate revela una creciente inquietud sobre el papel que podrían desempeñar las naciones latinoamericanas dentro de la estrategia geopolítica de Estados Unidos en el hemisferio occidental, especialmente en un contexto internacional marcado por crisis económicas, conflictos migratorios y nuevas tensiones globales.
En medio de la incertidumbre, una parte importante de la población exige transparencia total sobre los alcances reales del acuerdo, garantías claras de respeto a los derechos humanos y límites precisos que protejan la soberanía de cada nación involucrada.
La región observa atentamente. Y mientras los gobiernos defienden el pacto como una necesidad estratégica, millones de ciudadanos temen que el precio político y social pueda ser mucho más alto de lo que hoy se reconoce públicamente.
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11 DE SEPTIEMBRE: EL DÍA EN QUE EL DOLOR DE NUEVA YORK CRUZÓ TODAS LAS FRONTERAS
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” — Mateo 22:39
Hay fechas que pertenecen a un país y, sin embargo, terminan perteneciendo al mundo entero.
El 11 de septiembre de 2001 fue una de ellas.
Yo estaba en la República Dominicana. Apenas comenzaba mi juventud, esa etapa en la que uno deja atrás parte de la adolescencia y empieza a comprender lo que significa trabajar, asumir responsabilidades y construir una vida.
Trabajaba entonces en una nave industrial de una zona franca. Frente a mí había una computadora, algo que en aquellos años todavía no formaba parte de la rutina laboral de todo el mundo.
Fue allí donde recibí las primeras informaciones.
Algo estaba ocurriendo en Estados Unidos.
Algo terrible.
Recuerdo haber comunicado inmediatamente la noticia a los jefes y propietarios que se encontraban en la empresa. Algunos tenían familiares en Estados Unidos; otros, familiares dispersos por diferentes partes del mundo.
En cuestión de minutos, aquella nave industrial dejó de sentirse como un lugar ordinario de trabajo.
La gente comenzó a llamar.
A preguntar.
A buscar información.
A tratar de comprender lo incomprensible.
EL MUNDO MIRANDO A NUEVA YORK
A miles de kilómetros de nosotros, Nueva York estaba viviendo uno de los momentos más devastadores de su historia.
A las 8:46 de aquella mañana, el vuelo 11 de American Airlines impactó contra la Torre Norte del World Trade Center.
Diecisiete minutos después, a las 9:03, el vuelo 175 de United Airlines chocó contra la Torre Sur.
Entonces quedó claro que aquello no era un accidente.
Estados Unidos estaba siendo atacado.
Otros dos aviones habían sido secuestrados como parte del mismo plan terrorista. Uno impactaría contra el Pentágono, en Virginia. El otro, el vuelo 93 de United Airlines, terminaría estrellándose en Pensilvania después de que pasajeros y tripulantes intentaran recuperar el control de la aeronave.
En pocas horas, casi 3,000 seres humanos perderían la vida.
Pero las estadísticas nunca podrán contar completamente lo ocurrido aquel día.
Porque detrás de cada número había una persona.
Un padre.
Una madre.
Un hijo.
Una hija.
Un esposo.
Una esposa.
Un amigo que había salido de su casa pensando que regresaría por la tarde.
Bomberos y policías que entraron a edificios mientras miles de personas intentaban salir.
Trabajadores que aquella mañana simplemente habían llegado a sus oficinas.
Pasajeros que abordaron un avión pensando en su destino, en una reunión, en unas vacaciones o en volver a casa.
EL DOLOR TAMBIÉN SE SINTIÓ EN REPÚBLICA DOMINICANA
Desde aquella nave industrial en República Dominicana sentíamos una impotencia difícil de explicar.
No conocíamos todavía la magnitud completa de lo que estaba ocurriendo, pero podíamos ver el miedo.
Podíamos sentir la desesperación.
Y comenzábamos a entender que miles de personas estaban atrapadas dentro de una tragedia que se desarrollaba delante de los ojos del mundo.
No importaba que estuviéramos en otro país.
El dolor había cruzado el Caribe.
En República Dominicana existen miles de familias conectadas profundamente con Nueva York. Hijos, hermanos, padres, tíos y amigos han construido durante generaciones un puente humano entre ambas tierras.
Por eso aquel ataque nunca pudo sentirse completamente distante.
Nueva York también forma parte de la historia de muchas familias dominicanas.
Y aquel día, desde una pequeña nave industrial, comprendimos que cuando ocurre una tragedia de semejante magnitud las fronteras pierden importancia.
Solo quedan los seres humanos.
AÑOS DESPUÉS, LLEGUÉ A NUEVA YORK
La vida, con sus vueltas difíciles de anticipar, terminaría trayéndome precisamente hasta esta ciudad.
Cuando llegué a Estados Unidos había un lugar que necesitaba visitar.
El lugar donde alguna vez estuvieron las Torres Gemelas.
Quería verlo.
Quizás porque durante años había conservado en mi memoria aquella mañana vivida desde República Dominicana.
Quizás porque necesitaba transformar aquellas imágenes que había visto desde una computadora en algo tangible.
Hoy allí se levanta el Memorial del 11 de Septiembre.
Donde alguna vez estuvieron las torres existen dos enormes espacios de agua, rodeados por los nombres de las víctimas.
Es difícil permanecer allí y no guardar silencio.
Porque uno comprende que no está simplemente delante de un monumento.
Está delante de miles de historias interrumpidas.
VEINTICINCO AÑOS DESPUÉS
Hoy, 11 de septiembre de 2026, se cumplen 25 años de aquella tragedia.
Un cuarto de siglo.
Parece mucho tiempo.
Y, sin embargo, mientras escribo estas líneas, siento nuevamente aquella sensación que tuve desde República Dominicana.
El corazón se acongoja.
Regresa la tristeza.
Regresa la pregunta que quizás nunca pueda responderse completamente:
¿Cómo puede una persona llegar a sentir tanto odio como para considerar que destruir la vida de otro ser humano representa una victoria?
El terrorismo intenta convertir el miedo en una herramienta.
Divide.
Deshumaniza.
Convence a una persona de que quien piensa diferente deja de ser un prójimo y pasa a convertirse en un enemigo.
Y allí comienza una de las tragedias más antiguas de nuestra especie.
HOY NO ESCRIBO PARA CELEBRAR
Hoy no escribo para celebrar una fecha.
Escribo para conmemorar.
Para recordar a quienes salieron de sus hogares aquella mañana y nunca regresaron.
Para recordar a los policías.
A los bomberos.
A los trabajadores de emergencia.
A los pasajeros.
A quienes estuvieron dentro de aquellas torres.
A las familias que tuvieron que continuar viviendo con una silla vacía en la mesa.
Pero también escribo porque cada aniversario debería obligarnos a pensar.
No solamente en lo ocurrido.
También en aquello que todavía podemos evitar.
El mundo continúa lleno de guerras, fanatismos, divisiones religiosas, políticas, raciales y culturales. Hemos construido tecnologías capaces de conectarnos en segundos con cualquier lugar del planeta, pero todavía luchamos para aprender algo mucho más elemental:
respetar la vida del otro.
PARA QUE NO HAYA OTRO 11 DE SEPTIEMBRE
Recordar el 11 de septiembre no debería servir para alimentar odio contra ningún pueblo, cultura o religión.
Debería servir exactamente para lo contrario.
Para comprender el precio del extremismo.
Para entender hasta dónde puede llevarnos la deshumanización.
Para recordar que ningún Dios necesita el asesinato de inocentes para demostrar su grandeza.
Cada generación debería mirar aquel día y comprender una lección sencilla:
La paz no comienza en los gobiernos.
Comienza en las personas.
En nuestras casas.
En la educación que damos a nuestros hijos.
En la manera en que tratamos al vecino.
En nuestra capacidad de discutir sin destruirnos.
En reconocer que la persona que piensa diferente continúa siendo un ser humano.
Quizás esa sea la mejor manera de honrar a quienes murieron aquel 11 de septiembre.
No solamente colocando flores.
No solamente guardando un minuto de silencio.
Sino construyendo una sociedad donde el odio tenga cada vez menos espacio.
Hoy Nueva York recuerda.
Estados Unidos recuerda.
República Dominicana también recuerda.
Y quienes vimos aquella tragedia desde cualquier rincón del mundo todavía llevamos dentro alguna imagen, algún recuerdo o algún silencio de aquella mañana.
Yo todavía recuerdo aquella nave industrial.
Aquella computadora.
Las primeras noticias.
Las llamadas.
Las preguntas.
La incertidumbre.
Y nunca imaginé que años después terminaría viviendo precisamente en Nueva York, cerca de la ciudad que aquel día observé sufrir desde tan lejos.
Por eso hoy vuelvo a aquel recuerdo.
No para vivir nuevamente el miedo.
Sino para reafirmar una esperanza.
Que algún día podamos comprender, definitivamente, aquello que durante siglos hemos repetido y tan pocas veces hemos sabido practicar:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”
Porque antes de ser dominicanos, estadounidenses, musulmanes, cristianos, judíos, republicanos, demócratas, ricos o pobres, pertenecemos a una misma familia.
La familia humana.
Y quizá el mejor homenaje que podamos ofrecer a las víctimas del 11 de septiembre sea trabajar para que ninguna generación tenga que volver a contemplar otro día como aquel.
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ESPERANZA CUMPLE 119 AÑOS Y MIRA HACIA UNA HISTORIA QUE TODAVÍA PIDE SER PRESERVADA
“Quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo.” — George Santayana
ESPERANZA, VALVERDE. — La bandera dominicana volvió a subir frente a las autoridades municipales mientras funcionarios, dirigentes comunitarios y representantes de distintas instituciones se reunían para conmemorar una fecha que, vista únicamente en el calendario, podría parecer una celebración más.
Pero cumplir 119 años de vida municipal significa algo distinto para Esperanza.
Significa mirar hacia 1907 y preguntarse cómo una pequeña comunidad del noroeste dominicano terminó convirtiéndose en uno de los municipios más importantes de la provincia Valverde; qué acontecimientos transformaron su economía, qué generaciones levantaron sus barrios y, sobre todo, qué parte de esa historia quedará en pie para quienes nazcan dentro de otros cien años.
La Alcaldía de Esperanza conmemoró el aniversario con el tradicional izamiento de la Bandera Nacional y un acto celebrado en el Salón de Sesiones Andrés Brito. El alcalde Freddy Rodríguez pronunció las palabras de bienvenida y el profesor Tirso de Jesús Muñoz Rodríguez presentó una reseña histórica del municipio. Al concluir, recibió de manos del alcalde el pin representativo de Esperanza como reconocimiento a su aporte a la memoria local.
Asistieron regidores, representantes policiales, organismos de socorro, funcionarios y figuras de diferentes sectores de la comunidad.
Sin embargo, detrás de la ceremonia existe una pregunta más grande:
¿Qué significa celebrar la historia de Esperanza si no se protege aquello que todavía puede contarla?
ANTES DE LAS AVENIDAS, LAS NAVES Y EL COMERCIO
Las ciudades rara vez se construyen alrededor de una sola fecha.
Crecen por capas.
Una generación abre un camino. Otra levanta una vivienda. Llegan trabajadores buscando oportunidades. Aparecen pequeños negocios, escuelas, iglesias y talleres. Una industria modifica el ritmo de la comunidad. Después otra actividad económica ocupa su lugar.
Eso ocurrió también en Esperanza.
La conmemoración de los 119 años sitúa el comienzo de su vida municipal a principios del siglo XX. Pero el municipio que hoy conocemos sería transformado durante las décadas siguientes por cambios económicos y sociales que dejaron marcas mucho más profundas que cualquier documento administrativo.
Entre ellas aparece inevitablemente el ingenio azucarero.
Para generaciones de esperanceños, el antiguo ingenio no fue solamente una instalación donde se procesaba caña.
Fue trabajo.
Fue migración.
Fue comercio.
Fue movimiento.
Y fue uno de los motores alrededor de los cuales una comunidad pequeña comenzó a recibir familias procedentes de otros lugares del país.
Durante una etapa en que la industria azucarera tenía una influencia enorme sobre distintas regiones dominicanas, los ingenios eran capaces de modificar comunidades completas. Creaban empleos directos, pero también generaban transporte, pequeños comercios, viviendas y una red económica que alcanzaba mucho más allá de las instalaciones industriales.
En Esperanza, aquella transformación terminó incorporándose a la memoria colectiva del municipio.
LA CHIMENEA QUE TODAVÍA MIRA AL PUEBLO
Hoy gran parte de aquella actividad industrial pertenece al pasado.
Pero no todo ha desaparecido.
La vieja chimenea asociada al ingenio de Esperanza permanece como uno de los elementos físicos capaces de conectar a las generaciones actuales con aquella etapa.
No habla.
No produce azúcar.
No genera empleos.
Pero permanece.
Y eso plantea una cuestión que va mucho más allá de una estructura de ladrillos o concreto.
Cuando una ciudad destruye los últimos elementos físicos de una etapa decisiva de su desarrollo, recuperar posteriormente esa historia resulta mucho más difícil.
Una fotografía puede conservar una imagen.
Un libro puede explicar una época.
Un documental puede reconstruir testimonios.
Pero estar frente al objeto original produce otra relación con el pasado.
Por eso antiguas fábricas, estaciones ferroviarias, chimeneas, puentes, mercados y edificios industriales son preservados en muchas ciudades del mundo incluso después de haber perdido completamente la función para la cual fueron construidos.
No porque todavía produzcan algo.
Sino porque se han convertido en documentos hechos de ladrillo, hierro y cemento.
Esperanza deberá decidir qué significa para ella su propia chimenea.
DEL AZÚCAR A LA ZONA FRANCA
La historia económica de Esperanza tampoco terminó con el ingenio.
Con el tiempo llegó otra transformación.
La Zona Franca abrió una nueva etapa de empleo industrial y volvió a atraer trabajadores y familias hacia el municipio.
Cambió el tipo de producción, cambió la organización laboral y cambió la economía mundial alrededor de Esperanza, pero volvió a repetirse un fenómeno conocido: una actividad industrial comenzó a influir sobre la vida de miles de hogares directa o indirectamente.
Para muchos residentes actuales, la Zona Franca pertenece a su historia personal de la misma manera en que el ingenio perteneció a la de generaciones anteriores.
Madres que encontraron allí empleo.
Jóvenes que recibieron su primer salario.
Familias que pudieron construir una vivienda.
Comerciantes que dependían del dinero que circulaba cada día de pago.
El Esperanza contemporáneo —con sus comercios, motocicletas, rutas de transporte, escuelas, urbanizaciones y una población mucho mayor que aquella comunidad de principios del siglo XX— es resultado de todas esas etapas superpuestas.
Por eso contar sus 119 años solamente mediante una cronología de alcaldes o actos municipales sería contar apenas una parte de la historia.
La otra está en sus trabajadores.
CELEBRAR TAMBIÉN SIGNIFICA CONSERVAR
La Alcaldía definió la conmemoración como una oportunidad para preservar la memoria histórica y fortalecer el sentido de identidad y pertenencia de la comunidad.
Es una idea importante.
Pero preservar la memoria exige algo más que recordarla durante los aniversarios.
Requiere identificar archivos.
Digitalizar fotografías.
Grabar testimonios de quienes todavía recuerdan etapas que pronto no tendrán testigos vivos.
Documentar edificios.
Registrar acontecimientos.
Preservar objetos.
Y decidir cuáles estructuras poseen suficiente importancia histórica para que no desaparezcan bajo la lógica inevitable de construir algo nuevo.
Esperanza tiene todavía una oportunidad excepcional.
Personas que vivieron la transformación económica del municipio continúan entre nosotros. Existen fotografías guardadas en casas familiares. Hay antiguos trabajadores capaces de reconstruir cómo funcionaba el ingenio, cómo eran los barrios y cómo cambió el municipio con la llegada de nuevas familias.
Cada uno de esos testimonios es un archivo.
Y cada año que pasa aumenta el riesgo de perderlo.
119 AÑOS DESPUÉS, UNA PREGUNTA PARA LA PRÓXIMA GENERACIÓN
Un aniversario municipal puede servir para mirar hacia atrás.
También puede utilizarse para mirar hacia adelante.
Dentro de 31 años, Esperanza cumplirá 150 años de vida municipal.
Para entonces muchos de quienes conocieron directamente las etapas centrales del siglo XX ya no estarán.
¿Qué encontrarán los jóvenes cuando quieran saber cómo se construyó su municipio?
¿Una chimenea preservada o solamente fotografías de la chimenea?
¿Un archivo histórico municipal o documentos dispersos?
¿Testimonios audiovisuales de trabajadores del antiguo ingenio y de las primeras generaciones de la Zona Franca o apenas recuerdos transmitidos de manera informal?
¿Un patrimonio identificado y protegido o solares donde alguna vez estuvieron las estructuras que explicaban el pasado?
Esas decisiones no corresponden solamente a una Alcaldía.
También pertenecen a historiadores, profesores, empresarios, organizaciones culturales, familias y ciudadanos.
Porque una ciudad no hereda automáticamente su memoria.
Cada generación decide qué conservar y qué permitir que desaparezca.
Esperanza acaba de cumplir 119 años.
Hubo bandera, discursos, reconocimientos y una reseña de su historia.
Pero quizá el mejor homenaje que el municipio pueda ofrecer a quienes levantaron la comunidad no sea únicamente recordar lo que hicieron.
Quizá sea asegurarse de que las huellas de aquello que construyeron continúen allí cuando llegue la próxima generación.
Porque Esperanza no comenzó con nosotros.
Y su historia tampoco debería terminar donde empieza nuestro olvido.
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ESPERANZA MARCHA POR EL PROFESOR MIGUEL SOLÍS MIENTRAS LA JUSTICIA INTENTA RESPONDER UNA PREGUNTA MÁS DIFÍCIL
“La injusticia en cualquier lugar es una amenaza a la justicia en todas partes.” — Martin Luther King Jr.
ESPERANZA, VALVERDE. — En un municipio donde los maestros suelen ser conocidos mucho más allá de las paredes de las escuelas, el caso del profesor Miguel Antonio Solís ha comenzado a trascender los límites de un expediente judicial para convertirse en una conversación pública sobre reputación, justicia, protección de la niñez y debido proceso.
Para este viernes 11 de septiembre fue convocada en Esperanza una marcha para solicitar la libertad del educador y exigir el esclarecimiento de su situación judicial. La convocatoria estableció como punto de partida la rotonda de la Zona Franca y como destino el Juzgado de Paz del municipio.
La movilización llega después de días de expresiones públicas de solidaridad provenientes de familiares, vecinos, educadores y personas que aseguran conocer al profesor desde hace años.
Pero detrás de las pancartas, los testimonios y el respaldo comunitario existe un expediente judicial que exige algo diferente de la opinión pública: pruebas, procedimientos y decisiones tomadas dentro de un tribunal.
Y allí comienza la parte más delicada de esta historia.
UNA INVESTIGACIÓN QUE INVOLUCRA A UN MENOR
Informaciones publicadas por varios medios de la provincia indican que Miguel Antonio Solís fue detenido en agosto en cumplimiento de una orden judicial relacionada con una investigación que involucra a una mujer y a un menor de edad.
La orden de arresto número 672-2026 habría sido emitida el 24 de agosto por la Oficina Judicial de Servicios de Atención Permanente del Distrito Judicial de Valverde. El arresto se produjo posteriormente como parte de las actuaciones de la División Especializada de Atención a la Mujer y Violencia Intrafamiliar, conocida como DEAMVI.
La identidad del menor debe permanecer protegida.
Esperanza33 tampoco publicará detalles que puedan conducir directa o indirectamente a su identificación.
Este principio es fundamental.
Cuando un proceso judicial involucra a un niño, el interés informativo de una comunidad nunca puede estar por encima de su derecho a la intimidad y protección.
Pero existe otro principio igualmente esencial en un Estado de derecho: una persona investigada o acusada no se convierte automáticamente en culpable por el hecho de haber sido arrestada.
La responsabilidad penal solo puede establecerse mediante el proceso correspondiente y una decisión de las autoridades judiciales competentes.
UNA COMUNIDAD QUE CONOCE AL PROFESOR
La detención produjo una reacción que rápidamente salió de los tribunales y llegó a las calles de Esperanza.
Familiares, amigos, vecinos y miembros de la comunidad educativa han expresado públicamente su respaldo al profesor y han solicitado una investigación exhaustiva. Un hermano del educador confirmó previamente que Solís permanecía detenido mientras se desarrollaba el proceso y pidió que los hechos fueran esclarecidos antes de establecer responsabilidades.
También se realizó una vigilia en la que participaron personas vinculadas al sector educativo. Entre quienes expresaron públicamente su respaldo estuvieron Arelys Almonte, identificada como presidenta de la seccional de Esperanza de la Asociación Dominicana de Profesores, y la maestra Albertina Toribio.
La reacción resulta comprensible en una comunidad relativamente pequeña.
Cuando una persona ha ocupado durante años una posición pública —especialmente dentro de una escuela— su arresto no afecta solamente a su familia. También confronta a quienes creen conocerla.
Surgen entonces recuerdos, testimonios y preguntas.
Pero la justicia funciona bajo reglas diferentes.
El buen concepto que una comunidad tenga sobre una persona no constituye una prueba de inocencia. Y una acusación, por grave que sea, tampoco constituye por sí sola una prueba definitiva de culpabilidad.
Entre esas dos verdades debe caminar ahora Esperanza.
NI LAS CALLES CONDENAN NI LAS CALLES ABSUELVEN
Ese quizá sea el desafío más importante alrededor del caso.
Una sociedad tiene derecho a manifestarse.
Los ciudadanos pueden pedir transparencia, reclamar respeto al debido proceso, cuestionar una medida judicial y expresar solidaridad con una persona que conocen.
Pero una manifestación no puede sustituir un tribunal.
De la misma manera, las redes sociales tampoco deberían convertirse en tribunales paralelos donde una persona sea condenada antes de que se conozcan las pruebas o donde una posible víctima sea desacreditada porque el acusado tenga reconocimiento social.
La obligación de las autoridades es investigar.
La obligación de la Justicia es valorar las pruebas.
La obligación de la sociedad es permitir que ambas cosas ocurran sin intimidación, sin linchamientos públicos y sin convertir la popularidad de ninguna de las partes en evidencia.
EL DERECHO DEL MENOR Y EL DERECHO DEL ACUSADO PUEDEN COEXISTIR
En momentos como este suele aparecer una falsa elección: creer que proteger al menor significa asumir inmediatamente la culpabilidad del acusado, o que defender el debido proceso significa ignorar la denuncia.
No debería ser así.
Un menor potencialmente afectado tiene derecho a protección absoluta.
Una denuncia tiene derecho a ser investigada seriamente.
Y Miguel Solís tiene derecho a defenderse, a conocer las evidencias presentadas en su contra y a conservar la presunción de inocencia mientras no exista una sentencia definitiva.
Esos derechos no son incompatibles.
Son precisamente las garantías que distinguen a un sistema de justicia de un juicio popular.
AHORA LE CORRESPONDE HABLAR A LA JUSTICIA
La marcha convocada en Esperanza demuestra que el caso ya ha adquirido una dimensión social considerable.
Pero después de las consignas permanecerán las preguntas.
¿Qué elementos llevaron al Ministerio Público a impulsar el proceso?
¿Qué evidencias existen?
¿Qué argumentos ha presentado la defensa?
¿Cuáles fueron las razones utilizadas por el tribunal para establecer las medidas correspondientes?
¿Y cuánto tiempo necesitará el sistema judicial para esclarecer un caso que ya divide opiniones dentro de una comunidad?
Estas preguntas no deben responderse mediante rumores.
Tampoco mediante publicaciones anónimas en las redes sociales.
Deben responderse con documentos, evidencias y decisiones judiciales.
Esperanza tiene derecho a conocer la verdad.
El menor involucrado tiene derecho a ser protegido.
La persona denunciante tiene derecho a ser escuchada.
Miguel Antonio Solís tiene derecho a defenderse.
Y una comunidad que hoy marcha por alguien a quien conoce también debe tener la madurez suficiente para comprender que defender el debido proceso no significa decidir de antemano cuál debe ser el resultado del proceso.
Porque al final, una sociedad justa no demuestra su fortaleza cuando decide rápidamente quién es culpable o quién es inocente.
La demuestra cuando es capaz de proteger al vulnerable, investigar al acusado y esperar las pruebas antes de dictar sentencia.
Eso es precisamente lo que ahora se le exige a la Justicia en Esperanza.
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