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Historias

LOS MATRIMONIOS QUE MARCARON UNA REPÚBLICA

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“La historia, a veces, se escribe en los lugares más inesperados.”

En lo profundo del municipio de Esperanza, entre murallas antiguas y un aire rural que respira pasado, se alza la parroquia Nuestra Señora de la Esperanza. A simple vista, un templo más dentro de la estructura eclesiástica dominicana. Sin embargo, sus libros sacramentales guardan algo que trasciende lo meramente religioso: la memoria viva de matrimonios que influyeron, directa o silenciosamente, en el rumbo político de la República Dominicana.

Fue aquí donde quedaron inscritos los esponsales canónicos de Joaquín Balaguer Lespier, un joven puertorriqueño cuya historia migró hasta las llanuras dominicanas, y Carmen Ricardo, nacida en Puerto Plata pero establecida en el Paraje de Navarrete. Aquella unión, aparentemente íntima y local, germinó una descendencia destinada a ocupar grandes páginas del devenir nacional.

Porque de esa raíz surgió el doctor Joaquín Antonio Balaguer Ricardo, hombre de verbo agudo y controversias eternas, presidente constitucional del país en múltiples periodos, figura que marcó el siglo XX dominicano con decisiones firmes, políticas centralizadoras y un legado que aún divide opiniones y pasiones. Antes de él hubo amor, tierra, familia. Antes del poder, hubo una firma en el registro parroquial, en tinta que el tiempo no ha logrado borrar.

Los archivos eclesiásticos de esta iglesia muchos aún por descubrir, otros envueltos en polvo y misterio testimonian cómo Esperanza no es solo un punto geográfico en la Línea Noroeste. Es cuna de nombres que después ocuparían ministerios, salones diplomáticos, campañas electorales y debates históricos. Aquí se cruzan genealogías políticas, se tejen linajes, se sellan destinos de Estado bajo la bendición del altar.

El municipio de Esperanza, discreto y a menudo relegado a los márgenes de los grandes titulares, guarda entre sus paredes centenarias historias que aún esperan ser contadas. Sus documentos no solo hablan de fe, sino de nación. Sus pasillos silenciosos resguardan más que devoción: conservan el eco de una república que se construyó también desde estos rincones humildes.

Quien recorra este templo con atención encontrará no solo nombres, sino capítulos enteros de la vida dominicana. Porque a veces como susurra la historia el poder nace donde nadie lo imagina, y el futuro de un país puede comenzar con dos personas, un juramento y la escritura de un matrimonio en una parroquia que lleva, acertadamente, el nombre de Esperanza.

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BALAGUER Y EL BOSQUE: LA HISTORIA INCÓMODA DEL HOMBRE QUE PROTEGIÓ LA NATURALEZA DOMINICANA

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“Un país sin memoria es un país que no entiende su propio paisaje.”

Durante décadas, generaciones de dominicanos crecieron escuchando sobre “los 12 años”: represión, control político y episodios que aún hoy generan debate. Pero hay otra historia, menos repetida, que no se grita en las plazas ni se enseña con la misma intensidad. Una historia que no está escrita solo en libros, sino en montañas verdes, en ríos que aún corren y en la sombra que proyectan nuestros bosques.

Esa historia tiene como protagonista a Joaquín Balaguer.

A finales de los años 60, la República Dominicana estaba al borde de un colapso ambiental. Los aserraderos devoraban la Cordillera Central, el carbón era el combustible dominante y la deforestación avanzaba sin control. El país, literalmente, se estaba quedando sin árboles.

Fue entonces, en 1967, cuando Balaguer tomó una de las decisiones más radicales de la historia ambiental de América Latina: ordenó el cierre de todos los aserraderos del país por decreto. No fue una medida simbólica. Fue una política ejecutada con rigor, respaldada por el poder del Estado.

En el campo, se empezó a repetir una frase que aún resuena en la memoria colectiva: “un árbol valía más que la vida de un hombre.”
Era una época de mano dura, donde la protección ambiental se convirtió en una prioridad nacional, aunque bajo métodos que hoy generan profundas interrogantes.

Pero la estrategia no se limitó a prohibir. Balaguer entendió que el problema era estructural. En ese entonces, cerca del 90% de la población cocinaba con carbón vegetal. Cada comida significaba más árboles talados.

La respuesta fue una transformación cultural sin precedentes: el Estado impulsó el uso masivo del gas licuado de petróleo (GLP), distribuyó estufas en sectores vulnerables y promovió la idea de que el gas representaba progreso. Fue una política pública que cambió hábitos, redujo la presión sobre los bosques y salvó millones de árboles.

Al mismo tiempo, se sentaron las bases de lo que hoy conocemos como el sistema de áreas protegidas. Bajo su mandato surgieron espacios emblemáticos como el Jardín Botánico Nacional, el Zoológico Nacional y la Plaza de la Cultura. Pero más allá de la infraestructura, su verdadera obsesión era el equilibrio ecológico del país.

Las presas Tavera, Sabaneta, Valdesia no solo respondían a necesidades energéticas, sino que fueron rodeadas por cinturones forestales diseñados para proteger las fuentes de agua. En una visión adelantada a su tiempo, Balaguer comprendió que sin bosques no hay agua, y sin agua no hay nación.

Quizás donde su huella resulta más visible es en Samaná. La península, hoy símbolo del ecoturismo dominicano, estuvo en riesgo de convertirse en otra zona de explotación sin control. Fue durante sus gobiernos cuando se establecieron límites claros para áreas protegidas, frenando la expansión de la agricultura de tumba y quema.

Ese “blindaje” ambiental es, en gran medida, lo que hoy permite que Samaná conserve su biodiversidad y su atractivo natural. Sin esas decisiones, muchos expertos coinciden en que el paisaje actual sería muy distinto, posiblemente más cercano a los niveles de deforestación que se observan en otras regiones del Caribe.

Nada de esto borra las sombras de su gobierno. Tampoco pretende hacerlo. La historia de Balaguer es compleja, marcada por contrastes profundos entre autoritarismo político y visión ambiental.

Pero ignorar una parte de esa historia es renunciar a entender cómo llegamos hasta aquí.

Hoy, cuando el cambio climático, la presión urbana y la explotación de recursos vuelven a amenazar nuestros ecosistemas, el legado ambiental de Balaguer plantea una pregunta incómoda pero necesaria:
¿puede un país aprender de sus decisiones más controversiales para proteger su futuro?

La respuesta, como el bosque, sigue creciendo en silencio.

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CUANDO LA HISTORIA SE ESCONDÍA EN LAS SOMBRAS: EL SECUESTRO QUE SACUDIÓ A UNA NACIÓN

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“Los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo.”

Vivía yo en “La entrada de la Trujillita”, un paraje de la entonces sección de Damajagua. Era 24 de marzo de 1970, y el país respiraba un aire denso, cargado de incertidumbre. La tensión política no era un rumor lejano, sino una realidad palpable que se colaba en cada conversación, en cada mirada, en cada silencio.

Bajo el mandato de Joaquín Balaguer, el poder se consolidaba con métodos que muchos calificaban como represivos. La oposición dominicana, acorralada por ese clima, ya hablaba de retirarse del proceso electoral de mayo de ese mismo año una decisión que, con el tiempo, se convertiría en un punto de inflexión en la historia política del país.

Ese mismo día, mientras la nación lidiaba con su propia fragilidad democrática, un hecho estremecedor sacudió el corazón del Distrito Nacional. El coronel Donald J. Crowley, agregado militar de la Embajada de Estados Unidos en República Dominicana, fue secuestrado por un comando de organizaciones de izquierda.

El operativo ocurrió en las inmediaciones del Hotel El Embajador, un lugar que, hasta entonces, simbolizaba más diplomacia que peligro. Crowley fue interceptado y posteriormente trasladado a una vivienda en la avenida Francia, a escasos metros del Palacio de la Policía Nacional un detalle que, aún hoy, resuena con ironía histórica.

Los captores exigían la liberación de presos políticos, denunciando las condiciones del régimen. El secuestro no solo fue un acto de presión, sino también un mensaje claro: la lucha política había escalado a niveles donde la confrontación directa se volvía inevitable.

A 55 años de aquel episodio, la memoria colectiva vuelve a ese momento no solo para recordar el hecho en sí, sino para entender el contexto que lo hizo posible. Fue una época donde la política no se debatía únicamente en discursos, sino en acciones que desafiaban abiertamente el orden establecido.

Hoy, más que nunca, la historia nos invita a mirar atrás con responsabilidad. Porque en cada episodio como este, hay lecciones sobre el poder, la resistencia y las consecuencias de una sociedad llevada al límite.

Crédito: Comunicador César Gutiérrez

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Fallece comunicador e inquieto actor social de Mao Marcelino Cabrera, director de la página Hispanos del Mundo.com

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Por Cesar Gutiérrez, El 4to. Poder

Mao. – El fallecimiento del comunicador dominicano Marcelino Cabrera, vinculado al medio digital Hispanos del Mundo.com, ha generado consternación en la comunidad periodística y en la provincia Valverde, especialmente en Mao.

La información fue dada a conocer a las 11:27 AM de este miércoles por el cuerpo médico que le asistía en el hospital Ing. Luis L. Bogaert de Mao. Su resto estarán expuestos en la funeraria municipal de Mao.

Cabrera, sufrido un accidente de tránsito el pasado domingo, mientras se desplazaba en una pasola cuando fue impactado por el conductor de una motocicleta tipo “margarita”, recibiendo fuertes golpes en la cabeza que le provocaron un trauma craneoencefálico, además de presentar un cuadro de etilismo agudo.

Un comunicador activo en su comunidad

Marcelino Cabrera era reconocido por su labor como comunicador y por su participación en medios digitales, donde abordaba temas locales y sociales. Diversas publicaciones destacan que no solo ejercía el periodismo, sino que también se mantenía cercano a las problemáticas de su comunidad, siendo considerado una voz activa en Mao.

Reacciones y pesar

Tras confirmarse su fallecimiento, múltiples mensajes en redes sociales han resaltado su trayectoria, su carácter y su compromiso con la comunicación. La noticia ha impactado especialmente al gremio periodístico local, donde Cabrera era una figura conocida.

Un hecho que enluta al periodismo local

La muerte de Cabrera se suma a una serie de pérdidas recientes en el ámbito comunicacional, dejando un vacío en los medios digitales de la región. Su partida también pone de relieve los riesgos que enfrentan muchos comunicadores en su vida cotidiana.

Conocido popularmente como El Coqui, Cabrera permaneció varios días ingresado en una unidad de cuidados intensivos UCI, tras ser embestido por un conductor de una margarita el domingo pasado en hora de la noche.

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